la virginidad de la diva

I
“La Virginidad de la Diva”

Era frio, bello -escasez y belleza – pensaba. Desabotonó su casaca de jean, metió la mano en el bolsillo y con dos dedos puso un cigarrillo en su boca. El viento era excesivo en el balcón, logró encender la causa de su cáncer luego volvió al pensamiento que inconscientemente repetía -¿Qué hice antes de estar aquí? 

Parecían años, nunca buscó una salida. El paisaje era absolutamente impresionante, púrpuras, grises y marrones, la ciudad puma. Ni una paloma, ni una idea, ni una mosca habían pasado por allí, era extraño –por fin sola, siempre rodeada de malditos infelices – pensaba y su corazón se oprimía en su pecho ¿Qué hice antes de estar aquí? 

El paisaje invariable, el sol en negativo detrás de las montañas, las aves sostenidas en el aire -dios y sus tretas- pensaba mientras mordía el cigarrillo que no se consumía, era un segundo, -nada cambia – susurraba. Su corazón se oprimía en su pecho. El segundo en el cual damos a dios nicotina. Sobre su cabeza sus temores encarnados en ocho patas, sostenidos giraban sobre su conciencia. Apoyada sobre sus codos en la baranda, en esta posición vigilaba.

Jamás miró abajo, un rumor existía en las cloacas de su conciencia -¿Quién podría ser esta vez?- Era el viento que ascendía, – un viento insignificante, monótono, irreversible, desesperante, ascendía. Exhalaba, el segundo se diluía.

Luego, quiso darse la vuelta. Sus nervios encandecían, cocinaban su carne desde adentro, en su nuca. El tiempo mudo y los sonidos insignificantes, enormes, destrozaban sus oídos y tropezó. Al caer creyó haber atravesado una persona, se incorporo y miro atrás, una mujer robusta y vieja escondía una sonrisa, tenía la mirada hacia dentro de la habitación. Allí se realizaba un velorio, los deudos le parecían conocidos entonces pudo reconocer a su hija recostada sobre un féretro con los ojos desechos de llanto. Gritó, pero por suerte nadie la había visto.

Se limpio las lágrimas y fue al baño por unas aspirinas, frente al espejo observaba sus arrugas y sus labios despintados cuando oyó que su hija la llamaba – ¡ya voy nena! – se quitó los aretes – no más drogas – dijo para si misma y fue a ver a Diana.

Jonathan Alzamora

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