Willni Dávalos

I
Volver a bajar la mirada, ver los restos del veneno elegido
que con menos de diez panes nos emborracha y seguir sonriendo adocenados
como un monstruo blando de dos mitras
frente al último sueño de Jesús.
Tibios silencios de un rostro que te mira
ese soy yo, te miro para orientarme
y la flecha, el beso; cae un vaso
crujir adormecido, traidor; los vecinos presienten nuestro relámpago
puedo sentir sus orejas rectas necesitadas de conceptos
apuntando- apuntando
señalando el trueno
nuestra piel que fulgura
escandalosamente
grita
prorrumpe un burdo sí, un ebrio ahora.

A hora.

II
Los malos han vencido: la venganza es madre de esta rata
la rata zigzaguea entre las piedras, se acerca, siento el choque sucio,
el miedo atroz;
sin dejar de agitar todo mi cuerpo huyo a la parte trasera de la casa
espero llorando por alguien que me calme, que sonría, que abra la puerta del hogar
espero por mamá
y escucho pasos, entonces.
Es ella, me digo y las lagrimas son sequedades del pasado
pero la bofetada siempre precisa de la decepción golpea muy fuerte mi rostro:
es una familia triangular de sordomudos
hacen señas que no entiendo, el hijo gesticula sonidos horrendos
y sin embargo, sonríen. El mensaje es el mismo, sonrío calmado
el miedo se anula y regreso al patio, busco un martillo
provoco caos, ruge el microsistema, provoco ira, la provoco
y de ahí sale ella,
movimiento tosco, quizás no un grito pero sí una muerte.
El ilegal placer de la venganza.
Una victoria. Una mentira.

Willni Dávalos

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